La sencillez que transformó al poder

Por: Redacción | 14 de mayo de 2025, 11:15 am CST

#OPINIÓN: DATOS CON VALOR / POR: ABRAHAM ISAAC VERGARA CONTRERAS

José Alberto Mujica Cordano no necesitó tronos, no se rodeó de cortejos ni pretendió vestirse con los ropajes rimbombantes del poder. A un día de su partida, el mundo parece más vacío, pero también más consciente de que la política puede ser otra cosa. Que hay una forma más honda, más sincera y más luminosa de ejercer el servicio público. Mujica —el expresidente uruguayo, el guerrillero, el campesino, el filósofo sin pretensión académica— no fue perfecto. Pero fue, sin duda, auténtico. Y en una época plagada de simulaciones, eso ya lo hace inmenso.

Nacido el 20 de mayo de 1935 en Montevideo, en el seno de una familia humilde, creció entre plantas y trabajo duro. Desde joven fue atraído por la lucha social y por los sueños de justicia que comenzaban a germinar en América Latina. Fue floricultor y, más tarde, militante del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, donde tomó las armas como respuesta desesperada a un sistema que parecía cerrado a cualquier otra forma de protesta. Fue apresado, torturado y pasó casi 15 años en prisión, buena parte de ellos en condiciones de aislamiento inhumanas. Pero no salió de allí con odio, sino con la serenidad de quien ha comprendido que la verdadera revolución comienza dentro del alma humana.

Mujica no pretendió jamás esconder su pasado. Pero tampoco se aferró a él para exigir indulgencia. Supo evolucionar, se integró al sistema democrático, fue diputado, senador y ministro de Ganadería. Y en 2010, llegó a la presidencia de Uruguay. Entonces, el mundo volvió los ojos a este hombre de hablar pausado, mirada clara y vivienda modesta. Gobernó desde su chacra —una granja humilde en las afueras de Montevideo— y donaba el 90% de su salario. No usaba escolta, viajaba en su viejo Volkswagen Fusca y hablaba como lo que siempre fue: un ciudadano que no se creía superior a nadie.

Su estilo desconcertó a los poderosos y conmovió a los humildes. Hablaba de felicidad, de sobriedad voluntaria, de que la riqueza no está en el consumo sino en el tiempo que uno tiene para vivir. En 2013, su discurso ante la ONU —una defensa de la vida sencilla frente al modelo consumista— lo catapultó a la conciencia global. Fue elogiado por jóvenes, ambientalistas, líderes religiosos y críticos del sistema. Y, sin embargo, él no se dejó encandilar por el reflector. Siguió siendo “Pepe”, con los pies en la tierra y el corazón en el pueblo.

En su mandato, Uruguay aprobó la legalización del matrimonio igualitario, la regulación del cannabis, la despenalización del aborto, la ampliación de derechos sociales y una política de inclusión sin estridencias. Gobernó con convicción y con apertura al diálogo. Su legado no está solo en las leyes que impulsó, sino en el ejemplo de que se puede ejercer el poder sin corromperse, sin enriquecerse, sin perder el alma.

Hoy, mientras otros se proclaman líderes de izquierda con discursos altisonantes pero bolsillos llenos, Mujica representa lo que esa izquierda debería ser: una opción de ética, de justicia, de cercanía. A diferencia de los remedos latinoamericanos que se han llenado la boca con palabras como “revolución” o “transformación”, Mujica nunca se arrogó títulos grandilocuentes. No convirtió su causa en culto, ni su historia en propaganda. Y menos aún, hizo de su país una trinchera contra el pensamiento libre. No domesticó a la prensa, no persiguió opositores, no se rodeó de aduladores, ni intentó perpetuarse. Gobernó, sirvió y luego se fue. Como hacen los sabios.

En contraste, basta mirar hacia México y otros rincones del continente, donde quienes se visten con los colores de la izquierda han reproducido las prácticas más añejas de la derecha autoritaria. Se alían con el poder económico que decían combatir. Usan la pobreza como plataforma electoral, pero no como motivo real de transformación. Se escudan en el pasado para no asumir responsabilidades en el presente. Hablan del pueblo, pero no lo escuchan. Hablan de justicia, pero construyen impunidad. Hablan de esperanza, pero gobiernan con miedo. Eso no es izquierda. Eso es oportunismo disfrazado de ideología.

Mujica, en cambio, vivió su pensamiento. Y eso duele, porque ya casi no quedan como él. Su legado no necesita estatuas ni nombres de calles. Está en la posibilidad de una política humana, que no niega la complejidad del mundo, pero se niega a perder la decencia. Nos enseñó que el poder solo sirve si se convierte en servicio, que la coherencia es más poderosa que la retórica, y que la vida tiene sentido cuando se entrega por algo más grande que uno mismo.

La muerte de José Mujica nos obliga a mirar hacia adentro. A preguntarnos si nuestras aspiraciones políticas se reducen al cálculo electoral o si todavía creemos en la posibilidad de una sociedad más justa, más libre, más compasiva. Él creyó. Y esa fe —laica, campesina, profunda— lo hizo grande.

Hoy el mundo lo despide con lágrimas sinceras, pero también con una gratitud serena. Porque nos recordó que la política no es solo lucha por el poder, sino camino de humanización. Porque, en medio del ruido, nos enseñó a escuchar. Porque, en un continente plagado de simulaciones, él fue real.

José Mujica fue, es y será el rostro de una izquierda que no necesita gritar para hacerse oír. Que no necesita imponer para transformar. Que no necesita robar para gobernar. Y que no necesita mentir para seguir creyendo.

Que su siembra humilde siga floreciendo. Que su paso silencioso nos despierte. Y que su memoria —como su vida— sea semilla y no monumento.

*Opinión personal. Director de la Escuela de Ciencias Administrativas de la Universidad Motolinía del Pedregal.


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