La tibieza como estrategia electoral

Por: Fer Moctezuma | 20 de octubre de 2025, 5:00 am CST

#VisiónMX / Por: Fernando Moctezuma Ojeda / @FerMoctezumaO

Hay algo entrañable —y un poco tragicómico— en ver a un partido político intentar reinventarse cambiando su logotipo. Es como si alguien, tras estrellarse una y otra vez contra la misma pared, concluyera que el problema no es el muro, sino el color de los zapatos. El PAN acaba de descubrir, apenas 86 años después de su fundación, que tal vez necesita “abrirse a la ciudadanía”. Uno no sabe si aplaudir la epifanía o preguntar dónde han estado todo este tiempo.

El pasado 18 de octubre, en el Frontón México —porque nada dice “renovación” como volver al lugar donde empezó todo—, Jorge Romero Herrera presentó lo que llamaron un “relanzamiento”. Nuevo logo, nuevas promesas, mismas caras. Luisa Alcalde, desde Morena, no perdió tiempo en señalar lo obvio: ahí estaban “los mismos impresentables de siempre”. Y aunque alguien quisiera defender al PAN de semejante golpe, cuesta trabajo hacerlo cuando la foto del evento parece un collage de tres décadas de política opositora reciclada.

El verdadero problema, el que ningún rediseño va a resolver, es que el PAN no puede seguir siendo tibio. No más. No ahora. El electorado mexicano, para bien o para mal, valora la autenticidad más que la prudencia calculada. Y el PAN, en su intento por ser todo para todos, ha terminado siendo nada para nadie. Anuncia que romperá con las alianzas partidistas, pero mantiene pactos subterráneos. Eso no es estrategia; es esquizofrenia política.

La distancia “implícita y tibiamente” asumida frente al PRI —y particularmente frente a Alejandro Moreno— es una muestra perfecta de esa cobardía institucionalizada. O te divorcias, o no te divorcias. No hay medias tintas. No se puede proclamar independencia y, en la misma frase, aclarar que “bueno, salvo en algunos estados donde conviene mantener la relación”. El electorado no es ingenuo: huele la simulación a kilómetros.

Hay una verdad incómoda que el PAN se niega a reconocer: el sector conservador de México merece representación política. Sí, incluso ese sector. Millones de ciudadanos creen genuinamente en los valores del humanismo cristiano, la defensa de la vida desde la concepción, el modelo de familia tradicional, la subsidiariedad del Estado y el libre mercado. Esos mexicanos merecen un partido que los represente sin complejos, sin disculpas y sin suavizar su discurso para no incomodar a los demás.

Pero el PAN lleva décadas avergonzado de sí mismo. Ha intentado ser un conservadurismo “light”, un PRI con valores, un Morena de derecha. En esa búsqueda por agradar a todos, diluyó su identidad hasta volverse irrelevante. Paradójicamente, en su intento por ser más incluyente, terminó excluyendo a su propia base. Los conservadores mexicanos están huérfanos, y no porque no exista un partido que diga representarlos, sino porque ese partido ya no se atreve a hacerlo.

La nueva promesa de “abrirse a la ciudadanía” suena moderna y democrática. Primarias abiertas, consultas, fin del dedazo. Todo muy siglo XXI. Pero todos sabemos cómo termina esta película. Las candidaturas “ciudadanas” suelen ser el mecanismo perfecto para que los operadores de siempre impongan a sus favoritos bajo el disfraz de la renovación. Es el truco más viejo del manual: cuando no puedes ganar bajo las reglas tradicionales, cambias las reglas y declaras que ahora sí hay democracia.

Y esa “afiliación abierta para jóvenes” suena más a desesperación demográfica que a convicción política. Como cuando tu tío cincuentón se abre una cuenta de TikTok porque le dijeron que ahí está la juventud. El resultado siempre es el mismo: un intento forzado, incómodo, que nadie se toma en serio.

Lo que el “relanzamiento” panista deja al descubierto es una enfermedad generalizada en toda la clase política mexicana: la fascinación por el gesto simbólico que suplanta a la transformación real. Cambiar un logo es más fácil que cambiar una cultura. Proclamar “nuevos métodos” es más sencillo que construir nuevos liderazgos. Declarar rupturas suena más valiente que ejecutarlas.

Así, entre actos en el Frontón México y marchas al Ángel de la Independencia —porque en México toda catarsis política termina en el Ángel—, la oposición sigue haciendo lo que mejor sabe: simular renovación mientras recicla personajes, promesas y estrategias. Los analistas lo han llamado con benevolencia una “tarea mecánica”. Pero ni eso: es un trabajo de medio tiempo, hecho sin convicción, diseñado para generar titulares, no para construir una alternativa.

En una democracia funcional, todos los sectores ideológicos merecen representación auténtica. Conservadores, liberales, progresistas, indecisos profesionales: todos. La pluralidad no es un defecto del sistema; es su esencia.

El problema no es que el PAN sea conservador. El problema es que no se atreve a serlo. Prefiere hablar de “humanismo” porque suena menos rudo. Defiende “la vida” pero con asteriscos. Habla de “familia” en voz baja, no sea que alguien se ofenda. Y mientras tanto, su base observa frustrada cómo su partido se disculpa por existir. No es casualidad que muchos conservadores hayan optado por no votar, o incluso por votar por quien al menos parece creer en lo que dice, aunque sea su opuesto ideológico. La coherencia, en tiempos de cinismo político, se ha vuelto un bien escaso y valioso.

Si el PAN quiere sobrevivir —más allá de un logo nuevo para una camiseta que nadie usará—, necesita un acto de valentía: atreverse a ser lo que dice ser. Sin tibiezas, sin alianzas contradictorias, sin estrategias de marketing. Debe entender que representar fielmente a un sector no es excluir a los demás, sino ser honesto con el electorado.

México es lo suficientemente diverso para tener un partido abiertamente conservador sin que eso signifique el fin del mundo; pero eso implicaría asumir convicciones, perder votos para ganar credibilidad, y aceptar que el poder no siempre es sinónimo de coherencia. Y después de ver el “relanzamiento”, uno no puede evitar pensar que, una vez más, cambiar el logo fue la opción más cómoda. 

La democracia mexicana no necesita oposiciones cosméticas ni líderes con tipografía nueva. Necesita convicciones reales. Y de esas, parece que ya casi no quedan.

CONTACTO:hola@fermoctezuma.news / Whatsapp / Telegram / Twitter / Instagram / TikTok


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