#OPINIÓN: DATOS CON VALOR / POR: ABRAHAM ISAAC VERGARA CONTRERAS
La Real Academia Española define mezquindad como la “cualidad de mezquino”, y entre sus acepciones, nos recuerda que mezquino es aquello “falto de generosidad y nobleza de espíritu”. En México, la mezquindad no es una anomalía política: es la forma en que se ejerce el poder todos los días. Es el combustible del cinismo, la raíz de las decisiones injustas y la justificación perpetua de lo indefendible. Aquí, la mezquindad no se esconde: desfila, legisla, gobierna y cobra puntualmente su sueldo.
Es mezquino que un senador, como Gerardo Fernández Noroña, que ha hecho del insulto, la burla y la calumnia su trayectoria política, hoy use toda la maquinaria del Estado para obligar a un ciudadano a disculparse. Que quien se autodefine como “tribuno del pueblo” no tolere una crítica, pero sí tolere las desapariciones forzadas, las fosas clandestinas, las madres buscadoras asesinadas y la militarización disfrazada de justicia. Es mezquino que Noroña crea que el poder sirve para acallar voces y no para amplificarlas, que use su investidura no para proteger derechos, sino para satisfacer su ego herido. Cuando un político se dobla ante el poder, se llama sumisión. Cuando quiere doblar a los demás, se llama mezquindad.
Mezquindad es también la evasión sistemática de la verdad por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum. Es mezquino negar o fingir ignorancia sobre los niveles de violencia en el país mientras madres lloran frente a ataúdes. Es mezquino responder con “no tengo información” o “ya lo estamos investigando con Estados Unidos” cuando se trata de masacres, desaparecidos, ejecuciones y extorsión cotidiana. La seguridad pública está descompuesta hasta la raíz, pero el gobierno federal prefiere esconderse detrás de cifras manipuladas y frases vacías. ¿Dónde está la presidenta cuando una familia entera es asesinada en Guerrero? ¿Dónde está cuando se acribilla a estudiantes en Zacatecas? No está. O peor: está, pero calla.
También es mezquindad quitarles medicamentos a los niños con cáncer, a los jóvenes con padecimientos crónicos, a las familias que recorren hospitales con recetas en mano y los estantes vacíos. Durante años se dijo que era por “limpiar la corrupción del pasado”, pero hoy los contratos se otorgan por adjudicación directa y el desabasto sigue igual o peor. ¿Qué clase de espíritu puede mirar con indiferencia a un menor sufriendo por falta de atención médica? Uno mezquino. Uno que repite discursos sobre “el pueblo”, pero deja al pueblo sin medicinas.
Mezquindad es también mentir con total descaro, como lo hizo la ministra Lenia Batres al negar que usaba una camioneta oficial blindada con escoltas, cuando la evidencia —esa que no perdona— circulaba en redes sociales. Decir una cosa y hacer otra, negar lo obvio, justificar lo propio y condenar lo ajeno, es el deporte nacional de nuestra clase política. Y ahí, en ese cinismo revestido de superioridad moral, también vive la mezquindad. Porque es más fácil negar un privilegio que renunciar a él. Es más fácil posar como austero que vivir con decencia. Y eso aplica no solo a Morena, sino a todos los partidos, donde las contradicciones ya no indignan porque se han vuelto norma.
Mezquindad es negar masacres, minimizar los asesinatos de jóvenes, pelearse entre tribus internas de un mismo partido mientras el país sangra. Que si “los moderados”, que si “los puros”, que si “los radicales de izquierda”… Pero ninguno reacciona ante los cuerpos que aparecen en los caminos, los desaparecidos que aumentan, los pueblos desplazados por el crimen organizado. Se pelean por las candidaturas mientras la nación entera se convierte en una fosa.
También es mezquindad convertir el sistema educativo en un experimento ideológico, donde se suprime el pensamiento crítico para imponer dogmas y se sustituye el conocimiento por lealtad. ¿Quién responde por los millones de niños que no saben leer ni comprender un texto completo a los 10 años? ¿Quién se responsabiliza de que se les esté enseñando historia como fábula política, matemáticas como castigo, y ciencia como algo lejano e irrelevante? Nadie. Y esa indiferencia es también una forma de crueldad.
Mezquindad es que cuando un político o funcionario es víctima de un crimen, el aparato del Estado se vuelque con toda su fuerza para resolverlo, mientras miles de ciudadanos muertos o desaparecidos quedan en el olvido. Cuando matan a uno de los suyos, entonces sí: “iremos hasta el fondo”, “esto no quedará impune”, “lo vamos a esclarecer”. Pero cuando asesinan a una madre buscadora, se le ignora o se le criminaliza. Cuando desaparecen a una estudiante, se dice que “algo andaba haciendo”. Cuando ejecutan a una familia, es un “daño colateral”.
Y qué decir de la mezquindad más pragmática de todas: la de purificar políticos corruptos porque ahora sirven al oficialismo. ¿Qué tienen en común Alejandro Murat, exgobernador priista de Oaxaca, y Miguel Ángel Yunes, exgobernador panista de Veracruz? Que ambos, con expedientes de opacidad y corrupción bajo el brazo, hoy son recibidos con los brazos abiertos por la 4T. Porque al final, cuando se trata de ganar elecciones, la ideología es lo de menos. Lo que importa es sumar, aunque sea basura. Se purifican con el baño de guinda y mágicamente se vuelven “patriotas”. El perdón político se otorga por conveniencia, no por justicia. Y eso, señoras y señores, es mezquindad institucionalizada.
Este país no se cae a pedazos por accidente. Se cae por la mezquindad de quienes lo dirigen, de quienes lo toleran y de quienes prefieren callar.
¡Basta ya de mezquindad disfrazada de transformación!
*Opinión personal. Director de la Escuela de Ciencias Administrativas de la Universidad Motolinía del Pedregal.
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