La tarde del 8 de mayo de 2025, el humo blanco sobre la Plaza de San Pedro no solo anunció la elección de un nuevo pontífice; marcó también el inicio de una nueva etapa en la historia de la Iglesia Católica. Robert Francis Prevost, cardenal nacido en Chicago y nacionalizado peruano, fue elegido el Papa número 267 y adoptó el nombre de León XIV. Su elección representa el cruce de muchas esperanzas: un hombre de origen sencillo, pastor con experiencia misionera, formado en el pensamiento agustiniano, que ahora carga sobre sus hombros el peso de una institución que busca reencontrarse con su propósito más profundo.
El nombre que eligió, León XIV, no es casual. Evoca directamente al Papa León XIII, figura clave de la Iglesia moderna, cuyo legado sigue siendo una brújula en temas de justicia social, dignidad del trabajo y respuesta ética a los desafíos del progreso. Con esta elección, León XIV no solo honra el pasado, sino que se alinea desde el inicio con una visión de Iglesia que no se esconde en los muros de la doctrina, sino que se proyecta hacia el mundo, hacia las periferias materiales y espirituales. En su primer mensaje como pontífice, habló del hombre herido, de las sociedades divididas y de la Iglesia como hospital de campaña. Su tono fue firme, sin grandilocuencia, pero con un acento profundamente humano.
El legado que recibe de su predecesor, el Papa Francisco, es monumental. Francisco no fue un pontífice de ornamentos, sino de gestos. Renunció a los privilegios, eligió vivir en una casa de huéspedes en vez del Palacio Apostólico, caminó entre refugiados, escuchó a las víctimas de abusos y abrió puertas que habían permanecido cerradas durante siglos. Francisco entendió que la Iglesia no puede ser solo una estructura doctrinal; debe ser carne viva que se duele con el que sufre y que camina junto al que busca. Bajo su guía, se promovió una visión pastoral más inclusiva, se abrieron espacios de diálogo con otras religiones y culturas, y se dio inicio a una reforma financiera necesaria pero incómoda. Al morir, dejó una Iglesia con heridas expuestas, pero también con la esperanza de que sanar es posible.
León XIV no llega a un campo sereno. Hereda una institución que aún enfrenta grandes tensiones: internas, económicas, morales. Uno de los retos más delicados es el financiero. La Santa Sede ha experimentado importantes déficits en los últimos años. En 2023, por ejemplo, el balance de la Curia Romana mostró un déficit de más de 21 millones de euros. El Vaticano ha tenido que vender propiedades, reducir gastos y reordenar sus inversiones. La reforma iniciada por Francisco en este terreno —una de las más valientes— incluyó la centralización de recursos, mayor transparencia, control sobre las inversiones y la erradicación de malas prácticas históricas, algunas incluso con tintes de escándalo. León XIV deberá continuar con mano firme este proceso. La confianza del mundo católico no se puede restaurar si la casa de Pedro se sigue viendo como un reino opaco.
Pero quizás el mayor reto espiritual que enfrenta es el de la justicia frente al horror de los abusos sexuales cometidos por clérigos. La herida sigue abierta. El dolor de las víctimas no puede silenciarse tras comunicados ni comisiones de buena voluntad. León XIV conoce de cerca este sufrimiento: en su etapa como obispo en Perú, tuvo que afrontar casos de abuso y responder pastoralmente a comunidades lastimadas. Su compromiso, declarado públicamente, es de “tolerancia cero” y de reparación real, no solo simbólica. Habrá que ver si logra llevar a término procesos eclesiásticos que no solo sancionen a los culpables, sino que garanticen entornos seguros para todos, especialmente para los niños y adolescentes.
También se abre ante él la cuestión de la inclusión. En particular, la relación de la Iglesia con las personas LGBT ha sido uno de los temas más controversiales y dolorosos. Francisco abrió brechas de diálogo, habló de acogida, respeto y bendición pastoral sin confundirla con validación sacramental. León XIV no ha mostrado intenciones de retroceder. Por el contrario, ha insistido en que la Iglesia debe ser hogar de todos y no un club exclusivo de puros. Ha dicho que no se puede excluir a nadie por su historia, por su orientación o por su identidad. El desafío será pastoral: construir una comunidad que acompañe sin juzgar, que escuche sin señalar, que ame sin condiciones.
Pero no todo se resume en gestión y posturas públicas. León XIV está llamado a una reforma más silenciosa y profunda: la del corazón eclesial. Frente a una cultura global que privilegia el ruido y la inmediatez, este Papa —formado en la tradición agustiniana— puede ofrecer un contrapeso espiritual: interioridad, reflexión, discernimiento. La Iglesia no solo debe responder al mundo; debe ofrecerle sentido. En un tiempo marcado por la confusión, el nihilismo y la desconexión, el mensaje del Evangelio sigue siendo luz. Y León XIV parece estar convencido de que esa luz no se impone, sino que se enciende caminando con los demás.
Como todo pontificado, el suyo será evaluado por los hechos, por los documentos, por los gestos. Pero también —y quizás, sobre todo— por la manera en que logre devolverle a la Iglesia la confianza perdida y el sentido de misión. ¿Será capaz de tejer puentes donde hay muros? ¿De sanar donde otros solo administraron el dolor? ¿De ofrecer un rostro de Iglesia menos institucional y más humana?
El mundo observa. Los creyentes esperan. El Espíritu, silencioso pero activo, sigue soplando. Y León XIV, el hombre que se convirtió en Papa, deberá ser pastor, hermano, servidor, reformador. De él no se espera que cambie el mundo, pero sí que le recuerde que hay un camino donde nadie queda fuera.
*Opinión personal. Coordinador de la Maestría en Finanzas de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR).
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