Estrategias de poder / Antonio Domínguez / @AntDominguez_
Escuchar la palabra “debate” provoca irremediablemente pensar en una discusión de gritos, descalificaciones, agresiones verbales, y si el tono se eleva, podría llegarse a los golpes. Todo esto es producto del nivel parlamentario y debate que tienen algunos de nuestros legisladores.
El debate es una herramienta discursiva que pretende poner sobre la mesa las distintas perspectivas de cada persona en torno a un tema y llegar a construir un consenso entre los distintos participantes.
Por lo tanto, este podría ser el mecanismo idóneo de forma colectiva en que se podría forjar un criterio razonable entre la ciudadanía y los representantes políticos para tomar estas decisiones que afectan e influyen a la comunidad con el objetivo de entablar buenas relaciones públicas y buscar el beneficio para todos.
Sobre esto, la ciudadanía y las instituciones necesitan perfeccionar esta práctica discursiva para lograr discernir en ciertas leyes o políticas públicas para la comunidad, evitando que políticos oportunistas (demagogos, les dicen) logren manipularlos y obtener su propio beneficio.
Debatir nunca ha sido perjudicial para la vida pública. Debatir no es aburrido. Claro, que, si nos encontramos con personajes que sólo se dediquen a insultar, gritar de forma vulgar y se pierdan del contexto que les atañen, el debate prácticamente dejó de serlo.
El debate siempre será la herramienta para poder construir consensos y poder comprender el porqué de los distintos puntos de vista, de las demás personas, sobre un tema específicamente.
Para debatir, enumero a título personal, tres características principales: Conocimiento previo del tema; tener disposición de llegar a un acuerdo y tener un entrenamiento en oratoria y comunicación no verbal.
Discutir cualquiera puede, e insultar todavía más. Pero el nivel de comunicar un discurso y, todavía aún más importante, ser grandes debatientes es una habilidad que se construye con el tiempo. No se es debatiente por el hecho de conocer del tema, discutir sobre ello con alguien más y “ganar” hasta que la otra persona pierda los cabales o simplemente sin palabras.
Todo esto muy común entre los legisladores, que nos hacen aludir a la célebre frase de Don Porfirio Muñoz Ledo: “¡Qué manera de legislar!”.
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