Opinión Pública / Adrián Valencia Ledesma / @AdrinValenciaL2
“Yo tampoco confío en usted”, respondió el Secretario de Gobernación, Adán Augusto López, a la madre de una persona desaparecida que se manifestaba a las afueras de la Segob.
Minutos antes, la mujer había externado al funcionario su falta de confianza frente al actuar de las autoridades. La respuesta, por demás arrogante, confirma el desprecio que ha tenido este Gobierno por la vida de los mexicanos y por el dolor de familias enteras que han enfrentado alguna tragedia en este sexenio.
Los ejemplos sobran: la indiferencia del presidente López Obrador frente a las miles de muertes por la pandemia, las declaraciones del Subsecretario Hugo López-Gatell sobre los padres “golpistas” de los niños con cáncer o el “no soy médico” de doña Beatriz Gutiérrez Müller para evitar el tema del desabasto de medicamentos oncológicos. La soberbia le ha ganado a la empatía y el dolor ajeno nada le ha importado al primer círculo del presidente –incluido él mismo–.
¿Qué acaso ya se nos olvidó el trato que le han dado a los padres de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa en este sexenio o a la familia LeBarón, cuyos miembros fueron asesinados a sangre fría por criminales?
¿Olvidamos tan pronto la forma en que personajes como Ebrard, Mario Delgado y Claudia Sheinbaum evadieron el tema de la Línea 12 del Metro, en donde perdieron la vida 26 personas?, ¿Dejamos pasar así nada más lo ramplón del “abrazos, no balazos” para los delincuentes, frente a las miles de ejecuciones que han manchado de sangre los primeros 4 años de esta administración?
Los funcionarios de este gobierno han sido insensibles frente al dolor de los mexicanos y han llevado la frialdad a otro nivel. Los pretextos siempre sobran: que si es culpa de los gobiernos pasados, que si ya se está atendiendo la situación, que si los medios exacerban el tema, que si todo marcha bien, que no hay nada de qué preocuparse, etcétera.
Pero ahí, en ese tono simplón de la narrativa gubernamental y en esa despreocupación de los primeros cuadros del cuatroteismo, los mexicanos viven en una constante pesadilla de muerte.
La declaración de Adán Augusto no debe sorprender, pero sí debe indignar. La respuesta de un funcionario de ese nivel debe ser condenado por todas y todos, pues es un rechazo tajante a la función que tiene como servidor público.
El Secretario de Gobernación, el Subsecretario de Salud, el presidente de la República, el titular del IMSS y la Secretaria de Seguridad, entre otros, no han entendido (o no han querido entender) que se deben a la voluntad popular y que su trabajo es precisamente hacer valer las garantías individuales, los derechos y la integridad de los mexicanos, en el marco de sus atribuciones públicas.
Negarse a lo anterior es confirmar la incompetencia, la negligencia y la complicidad de la que también se les ha acusado. Lo de ayer me hace recordar aquella declaración cargada de dolor y coraje que el empresario Alejandro Martí externara durante una sesión del Consejo Nacional de Seguridad Pública en 2008, delante de funcionarios de gobierno y del propio Presidente Felipe Calderón, para reclamar –con derecho– justicia tras el cobarde secuestro y asesinato de su hijo: “si no pueden renuncien, pero no sigan usando las oficinas de gobierno. No sigan recibiendo un sueldo por no hacer nada, porque eso también es corrupción”.
Señor Secretario Adán Augusto, desde este espacio va el mismo mensaje: si no puede con el encargo, renuncie.
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