ESPECIAL | POR: ABI ROCHA
El 4 de marzo de 1929, en un país marcado por la inestabilidad posrevolucionaria y pocos meses después del asesinato de Álvaro Obregón, surgió el antecedente del actual Partido Revolucionario Institucional (PRI). Su creador, el expresidente Plutarco Elías Calles, planteó la transición de la “época de los caudillos” a la “época de las instituciones”.
La apuesta implicó la institucionalización del poder con el propósito de evitar nuevas disputas armadas y otorgar estabilidad política al país. Bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario (PNR), el proyecto ordenó la sucesión presidencial y consolidó un sistema político que con el tiempo adquirió carácter dominante.
En 1938, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río, el partido adoptó la denominación de Partido de la Revolución Mexicana (PRM) e integró de forma orgánica a sectores obreros, campesinos y populares. Ese año surgió la Confederación Nacional Campesina (CNC), elemento central de la estructura corporativa que influyó en la vida política nacional.
En 1946 adoptó su nombre definitivo: Partido Revolucionario Institucional (PRI). Con el lema “Democracia y Justicia Social”, consolidó un modelo basado en crecimiento económico, construcción institucional y control político. Ejerció el gobierno federal durante 71 años consecutivos.
La estabilidad implicó costos. El sistema que aseguró orden y continuidad recibió señalamientos por prácticas autoritarias, centralización del poder, uso clientelar de sectores sociales y episodios de represión. El PRI edificó instituciones del Estado moderno; al mismo tiempo, configuró un aparato que durante décadas restringió la competencia democrática.
Las fracturas internas evidenciaron desgaste. En 1988, la salida de la Corriente Democrática, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, marcó una ruptura profunda en su trayectoria.
La alternancia presidencial ocurrió en 2000 con Vicente Fox, hecho que puso fin a siete décadas de hegemonía. El PRI recuperó la Presidencia en 2012 con Enrique Peña Nieto y perdió nuevamente el Ejecutivo en 2018 ante Andrés Manuel López Obrador, en un contexto de desgaste hacia los partidos tradicionales.
A 97 años de su fundación, el PRI atraviesa una etapa compleja. Ya no concentra el poder ni ocupa el eje central del sistema político. Actúa como fuerza opositora, con pérdida de bastiones históricos y búsqueda de redefinición identitaria en un entorno distinto al de su origen.
También exhibe capacidad de adaptación: cambios de nombre, estructura y discurso a lo largo del siglo XX muestran ajustes ante nuevas realidades. La interrogante no solo gira en torno a un eventual retorno al poder, sino a las condiciones y al proyecto que lo sustente.
Un eventual regreso implicaría expectativas distintas a las del partido hegemónico del pasado. El escenario exigiría aprendizaje institucional, comprensión de la exigencia democrática contemporánea y prioridad a la construcción institucional, el equilibrio de poderes y la justicia social que marcaron su origen.
A 97 años de su nacimiento, el PRI encara un reto histórico: probar que su porvenir puede superar las sombras de su pasado.
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