El discurso del presidente

Por: Redacción | 11 de agosto de 2022, 9:38 am CST

Opinión Pública / Adrián Valencia Ledesma / @AdrinValenciaL2

El discurso del presidente se ha convertido en la fuente más importante de su Gobierno. Con este ha logrado sortear toda clase de tragedias, escándalos, malos resultados y promesas rotas. 

Desde las miles de muertes por la negligencia en el manejo de la pandemia, el descalabro de la economía nacional, los señalamientos por corrupción que involucran a sus cercanos –incluso a sus familiares–, hasta la crisis de violencia y la permanencia del Ejército en las calles. En el discurso presidencial todo marcha bien.

El discurso del presidente lo mismo sirve para pintar una realidad alterna, que para hacer trizas a opositores y críticos. Bastan unas cuantas “mañaneras” para sembrar en el imaginario colectivo dudas, estigmas, odios y rencores. Ese espacio controlado, en donde por cierto se siembran preguntas a modo, representa la plaza pública donde el rey deja que el pueblo saque sus propias conclusiones para castigar o perdonar a unos y otros. 

El discurso del presidente no es para todos; está dirigido a los marginados. A esos que los grupos de poder tradicionales han olvidado por años. A los pobres de siempre, que hoy reciben un apoyo del gobierno a cambio de su lealtad electoral. El presidente le habla a su pueblo y su pueblo, o al menos una parte, lo escucha y le confiere su confianza para cristalizar su proyecto de transformación, a pesar de que en cuatro años los indicadores confirmen un desastre nacional. Si tiene dudas basta revisar sus niveles de aprobación y los de su partido. 

El discurso del presidente divide, polariza aún más a una sociedad ya de por sí clasista y discriminante. Para el presidente no hay términos medios: hay ricos y pobres, buenos y malos, defensores de la transformación y traidores a la patria, neoliberales y progresistas. Para el presidente la clase media no existe. Tampoco los ambientalistas, los defensores del libre mercado, los intelectuales o las feministas. 

Al presidente le incomoda lo distinto y lo confirma con sus planteamientos propios de una realidad que ya pasó. De un México que ya no puede funcionar con las recetas de hace 50 años; vive atrapado en el pasado y en la obsesión por consolidar un proyecto de gobierno que, ni ha reducido la pobreza, ni ha reducido las brechas de desigualdad, ni ha bajado los niveles de violencia, ni ha puesto fin a la corrupción. 

Pero a pesar de todo, el discurso del presidente lo puede todo, sobre todo en esa caja de resonancia que se ha construido con su conferencia matutina.

Porque, repito, ni lo más de 600 mil muertos por la pandemia de Covid19, ni los más de 140 mil ejecutados a causa de la violencia criminal, ni los de miles de millones de subejercicio en el manejo del presupuesto público, ni el enriquecimiento inexplicable de sus más cercanos colaboradores y familiares, ni el ensanchamiento de las líneas de pobreza y pobreza extrema en el país. 

Nada parece afectar la popularidad y aceptación del presidente, aun cuando el retroceso institucional avance cada día y el país se enfile hacia un atolladero sin salida. 

El discurso del Presidente es peligroso, porque no es improvisado, sino producto de las más altas estrategias de propaganda y comunicación. Porque es usado para decirle a los mexicanos que vale la pena vivir en austeridad y escasez, sacrificando el bienestar propio. Porque también es usado para normalizar la violencia, el abuso de poder y la muerte por la negligencia en el servicio público. 
Pero lo peor es que, frente a ese discurso, no hay ningún contraste radical que pinte otra realidad. Y ahí hay una gran oportunidad para construir un nuevo proyecto político que surja de la sociedad civil organizada.


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